José Antonio Villanueva

Importador de la raza Merino

por Guillermo Villanueva Ara *

 

José Antonio Villanueva nació en Mendoza en 1761, hijo del Maestre de Campo Don José Cornelio Villanueva Corvalán y de Doña Teresa Godoy del Pozo, ambos provenientes de antiguas y reconocidas familias mendocinas. Estudió en el colegio Monserrat de Córdoba desde 1.779 y en 1.781 pasó a la Real Universidad de San Felipe en Chile para estudiar Leyes hasta 1.785 en que hizo la práctica forense. La Real Audiencia le reconoció e inscribió el título de abogado el 13 de Diciembre de 1.788.

 

Se radicó en 1791 en Buenos Aires y por mucho tiempo actuó como abogado de la Real Audiencia Pretorial. Durante las invasiones inglesas a Buenos Aires, a principios del siglo XIX, José Antonio se distingue entre los que participaron en la reconquista y defensa de la capital del Virreinato. En un documento, donde consta el agradecimiento de Su Majestad Católica el rey Fernando VIIº, datado en el Palacio de Alcázares (Sevilla) el 13 de Febrero de 1809, figura entre los veteranos que recibieron la mención y además, en su caso, la confirmación real del grado de capitán del Batallón de Arribeños, grado que ostentaba desde el 8 de Octubre de 1806 otorgado por las autoridades de Buenos Aires.

 

Aparentemente esta distinción había sido propuesta en el informe de los servicios prestados por oficiales y agregados que elevara Cosme Beccar al Excelentísimo Gobernador y capitán General don Santiago de Liniers, en Buenos Aires el 27 de Julio de 1807. En ambos documentos también se menciona a un primo hermano: Miguel. Con la Revolución de Mayo en 1810 ofrece donar a la Junta todos sus bienes y ponerse al servicio junto con sus hijos, sin remuneración alguna. Su esposa donó 10 arrobas de galleta en sacos y ofreció sus joyas. De hecho su hijo Francisco se destacó en la segunda expedición al alto Perú con Belgrano.

 

En 1812 fue nombrado diputado por Mendoza a la Asamblea de ese año, en reemplazo de Bernardo de Monteagudo que, por ser contrario a Rivadavia, había sido rechazado.

 

En una reunión del Consulado en 1796 uno de sus miembros, Manuel Belgrano, puso a consideración una propuesta del Dr. José Antonio Villanueva, en el sentido de traer desde España unos carneros y ovejas de raza Merino, a su cuenta, y abonar los costos que demandara la operación. La Junta del Consulado aprobó la iniciativa y solicitó al Consulado de Santander que remitiese 24 cabezas entre machos y hembras de las mejores castas del Reyno de lo cual se dará parte al Ministerio pidiendo recomendación para que el Consulado referido procure desempeñar esta Comisión con exactitud, debiéndose tener entendido igualmente que a su arribo se ha de preferir al mismo Doctor (Villanueva) para poner a su cuidado la propagación de la especie y logre las ventajas. Debía intervenir el Ministerio porque en España regía la prohibición de exportar ovejas de raza Merino, salvo que se haga con permiso real. El Permiso Real se dio en Aranjuez el 9 de Junio de 1804, ocho años después de realizado el pedido por el Consulado de Buenos Aires, sin embargo no se efectivizó por causa de las guerras de Inglaterra y España. Lo que no cabe duda es que es posible considerar a José Antonio como precursor de la introducción del ganado ovino Merino en tierras del Virreinato del Río de La Plata.

 

Comentan E. de Arrascaeta y F. Luna (“La Raza Merino en la Argentina”) que …  “El nombre de José Antonio Villanueva era un poderoso hacendado criollo y verdadero patriota, su nombre debe ser asociado al de aquellos que hicieron posible la conquista de la pampa salvaje y la difusión de las mejores razas de animales domésticos”, que convivieron en paz con los indios, merced a su trato generoso e igualitario. Poseía campos en la frontera Sur del Virreinato, en las orillas septentrionales del río Salado. En la otra banda (la Sur) eran dominios de los indios pampas. Estos conceptos se apoyan en sus propios escritos: Tenía una estancia, según el mismo cuenta, “en la frontera de los ranchos”, en la banda norte del río Salado, y su principal atención fue “agasajar y atraer a aquellos indios fronterizos que tienen sus tolderías a la otra banda del río Salado, para que cuando no me hiciesen bien, al menos no me perjudicasen”.

 

En la figura, que contiene el mapa de un sector de la provincia de Buenos Aires, es posible observar (al centro y abajo) el partido de General Paz con su capital Ranchos, donde nacieron y vivieron numerosos descendientes de José Antonio. Algo más al Sur, también en el partido de General Paz y lindante con el de Monte, al poblado Villanueva a orillas del río Salado, donde es probable que estuviera el casco de su estancia.

 

Conviene recordar que la línea de fronteras estaba en aquella época representada por el río Salado y que durante muchos años las incursiones de los indios pampas habían impedido llevar los límites más allá de esa línea natural. Luego comenta: “Por efecto de la suavidad y buen trato que en mí han experimentado o de la natural docilidad que manifiestan; lo cierto es que he encontrado en ellos unos amigos fieles que reconocen el beneficio, lo agradecen y saben corresponderlo del mejor modo (…). Los visito con frecuencia en sus propios toldos, yendo solo y sin armas, y recibo de ellos todo aquel obsequio y cariño que cabe en su pobreza, y alguna vez me ha enternecido la humilde oficiosidad con que procuran agradarme. Y continúa: A la menor insinuación de necesitarlos para alguna faena de campo, los he tenido prontos en sus propios caballos manifestando en su alegría los deseos de ayudar y de servir a su amigo. Ellos son los peones que he tenido este año en la cosecha de trigo pues sin necesitarlos los he ocupado con solo objeto de animarlos al trabajo (..)  y mucho más cuando veían que les pagaba aún más de lo que es costumbre pagar a nuestros jornaleros.

 

También habla de los problemas con el ganado: Ellos observando que un pequeño rincón donde yo mantenía el ganado necesario para el abasto de la labor se hallaba muy pobre de pastos me propusieron en tono de consejo y con muestras de bastante sinceridad que los traslade a la otra banda del río, donde el campo era bueno, ofreciéndose a cuidarlo y sólo con el noble interés de la conservación de nuestra amistad. En efecto, me dejo persuadir de sus consejos y en la primera oportunidad se puso en práctica esta obra que realmente es más grande de lo que parece. Conocieron ellos como [hombres] prácticos la dificultad de esta empresa en las circunstancias de estar el río muy crecido y no ser los animales acostumbrados a pasarlo, y a prevención, el día destinado para la faena que fue lluvioso y de mucho frío, llegaron a la ribera del río muy temprano y muy bien montados, habiendo concurrido hasta los chicos a excepción de las mujeres. Es imponderable el empeño con que trabajaron, pues despreciando los riesgos y la intemperie, se arrojaban al agua con intrepidez, unas veces a caballo y otras no, según lo pedían las circunstancias, fineza que no me deja dudar de su buena ley. En virtud de tanta eficacia, ellos concluyeron en breve tiempo esta faena, que en mi concepto hubiera sido insuperable con cuarenta hombres de los nuestros.

 

A continuación, el doctor Villanueva refiere que a partir de entonces los indios se hicieron cargo del cuidado de los animales, y recibieron, además de su salario, la promesa de una gratificación de 200 cabezas de ganado vacuno y todo el ganado lanar que necesitasen para sus tejidos. Esta precisa y colorida descripción de la vida rural y los valiosos detalles que proporciona sobre las relaciones con los indios constituyen un documento de gran valor, porque son escasísimas las menciones a los indios en un tono tan humano, mostrando incluso la predisposición al trabajo y a la convivencia pacífica con el vecino blanco. Podemos captar en ella la grandeza y la falta de discriminación por parte de ambos bandos.”

 

Las citadas autoras también mencionan que en el Archivo General de la Nación, se encuentra un expediente del Consulado de Buenos Aires en el que: “El Dr. José Antonio Villanueva, que solicita se arranchen los indios, en las inmediaciones a su estancia en el Salado.”

 

En 1820 integraba el Consulado y en 1822 resultó Juez de la Junta Protectora de la Libertad de Imprenta. Adhirió al desempeño de los ministros Bernardino Rivadavia y Manuel García en 1824. José Antonio falleció el 19 de Agosto de 1826.

 

 

* Autor del libro "Los Villanueva de Mendoza"